Caseron
sábado, 2 de enero de 2010
Siento nostalgia de aquel viejo caserón vasco, emplazado en aquella ladera verdosa. Para cualquier transeúnte que se acercase caminando cerca de ella y la mirase fijamente, poco o nada podría decirle aquellas frías piedras ordenadas a modo de edificio, domadas con el fin de guarecer a una familia.
Para mí, era el protagonista silencioso de mi crecer, de mi niñez y de mi infancia feliz ignorante de lo que la vida sucedía más allá de su muro de piedra, junto a una calzada que el abuelo aseguraba ser romana. Ahora acumulo la nostalgia en el recuerdo, más si cabe, con cierto dolor recuerdo sus olores y texturas, las riquezas del entorno que ahora no soy capaz de llegar a describir completamente.
En tiempos el viejo caserón albergaba a toda la familia en los meses de verano y acudíamos asombrados al nacimiento de un nuevo huevo de una gallina parda, un pato, descubríamos el volar zigzagueante de una golondrina, el pacer amable de los caballos en los montes cercanos. Ahora solo somos esa nostalgia, un retal vivido de la infancia.
